martes, 5 de febrero de 2013

Fuego, camina conmigo: la creación artística en L'Oeuvre, de Zola


'Bien, haz que te admitan en el próximo Salon, métete en el centro de la batalla, pinta otros cuadros y entonces dime si todo eso basta, y si eres feliz por fin. Escucha: el trabajo se ha apropiado de toda mi existencia. Poco a poco me ha robado a mi madre, a mi mujer, a todo lo que amo (...) He cerrado la puerta al mundo tras de mí, y arrojado la llave por la ventana. ¡Ya no queda nada en mi estudio más que el trabajo  yo mismo... y el trabajo me devorará, y no dejará nada a su paso, nada en absoluto!" 

Pablo Picasso, Le chef-d'oeuvre inconnu (1931)
'¡Y si al menos pudiéramos estar satisfechos alguna vez, si pudiéramos una vez tan sólo encontrar cualquier goce en esta vida de negros! (...) Bueno, por mi parte yo creo en medio de la angustia, y mi descendencia me parece una abominación. ¿Cómo puede a un hombre faltarle tanta inseguridad como para creer en sí mismo? (...) a mi muerte sentiré terribles dudas acerca de la tarea que pueda haber realizado, preguntándome si no debería haber ido hacia la izquierda cuando fui hacia la derecha; y mi última palabra, mi último jadeo, será para querer recomenzarlo todo otra vez...'. 

(La traducción de estos fragmentos se debe a la autora de la entrada)

Para el artista, crear puede ser un parto doloroso. Todo aquel que crea acaba enfrentándose al momento de entregar su obra terminada a la suerte. Pero, ¿cómo saber cuándo decir basta, cuándo dejar de retocarla para no arruinarla?

No es fácil reflexionar sobre el arte sin dejarse llevar por los clichés del culto romántico al genio. El artista, afirmaba el siglo XIX, es un émulo de los dioses en su capacidad creadora. Sin embargo, esto supone un atrevimiento, y entraña terribles riesgos. A su vez, la fe del artista en su condición trascendente puede llevar a un fatídico desenlace si se convierte en su piedra de toque.

Todo esto es lo que Émile Zola explora en su novela La Obra (1885), intentando advertir, partiendo de sus propias vivencias dolorosas, de la necesidad de mantener la cabeza fría si se quiere salir con bien de una vida dedicada al Arte.

La Obra describe el día a día de un grupo de artistas en el París más bohemio. La acogida de sus cuadros en el Salon, certamen pictórico por excelencia, puede servir de pasaporte hacia el triunfo o el escarnio. Concurrir a él, convencer a la crítica, a la academia, a los colegas y a los burgueses sin gusto es obsesión hasta para el más desdeñoso o irreverente. Así, para el grupo de trasuntos de los impresionistas que Zola retrata, el mundillo artístico es más bien una jungla, y su vocación, una ratonera.

¿Es quizá el mercado del arte un escenario de la lucha darwiniana? Zola parece asentir. El talento depende en gran medida de un vigor con el que se nace... o no. La propensión al desaliento y a la neurosis progresiva parecen enfermedades degenerativas, taras heredadas. Una gota de sangre aguada, una muy decimonónica injusticia que desembocará en un fin lacrimógeno e inevitable. Con el naturalismo hemos topado, planteamiento epocal que empobrece en cierta medida la profundidad de la reflexión de Zola.

A partir del naturalismo y su morbosidad pseudocientífica, La Obra bucea en el más hondo pesimismo. Zola señala de modo bastante tajante, a su pesar, lo inalcanzable del Ideal, la Verdad y la Belleza, corroborando lo vano de resistirse a la vida cuando ésta, como decimos en mi tierra, no rebla.

Para su visión, la cosa es peor aún para el artista, más sensible y vulnerable por lo quebradizo de su alma y lo elevado de sus sueños. La vida pierde su sentido cuando las ilusiones quedan hechas añicos por el fracaso diario.

Así, Bongrand, mentor y 'padre' espiritual de la pandilla de La Obra, encarna al gran pintor obligado a una dolorosa toma de conciencia: su talento está acabado, y los halagos sólo son muestras de compasión ante su caída en lo obsoleto. La valía y la propia vida, que parecían inagotables, se esfuman sin remedio. La única escapatoria es no perder la ética personal, el orgullo, y el seguir obstinándose en realcanzar la gloria aun a sabiendas de que el futuro nada brinda, sino la decadencia y la muerte. Bongrand, así, se convierte en digno capitán del Titanic que es su obra, su reputación y su biografía.

Malos tiempos para la lírica: Cézanne y Zola en 
The Life of Émile Zola (1937)
Por su parte, el arte es una amante celosa que no tolera rivales. Ni la Christine de Claude Lantier, el pintor protagonista, ni la 'pobre esposa' de Sandoz, compasivo escritor que nos remite al mismo Zola. Es obvio el paralelismo entre la amistad de los dos personajes y la que mantuvieron el atormentado Paul Cézanne y Zola en sus años mozos. Además, Zola parece hablar a menudo por boca de Sandoz, entrando en detalles acerca de su ideario naturalista, pero lamentando lo ambicioso y sangrante en términos personales de su proyecto literario. Los dos pasajes que hemos insertado al principio de esta entrada son bien explícitos. 

Para los personajes de La Obra, y quizá para el propio Zola, el arte lo quiere todo, o no ofrece nada. Y aun así, a menudo no ofrece nada. A menudo, además, la auto-inmolación al arte-profesión aniquila la belleza del Arte-ideal y la felicidad del artista, a quien aliena en su condición de servidor de una deidad velada, obligándole a prostituir su talento por la necesidad de vender y de salir adelante. El artista acaba convertido en un vestal que calla, sufre, venera, hace méritos, y a veces es enterrado en vida.

Zola plantea dos cauces de reflexión. Uno, como hemos señalado, lo presenta al caracterizar la relación del artista con el Arte como una de amor-odio. El segundo tema propuesto es el de la batalla del Arte con el Amor. Ambas problemáticas, planteadas en sendas subtramas de La Obra, desembocan en la misma aseveración: la obra es la única ella posible.

En la subtrama romántica de la novela, la amante de la artista tiene las de perder. Christine se entregará sin reservas al pintor Claude como modelo, amante y esposa. Cuando el tiempo haga de ella una Venus ajada, tendrá que deponer las armas ante la intemporal diosa del lienzo que Claude jamás consigue terminar. La veneración por el ideal que el pintor profesa acaba imponiéndose a la fuerza decreciente de su afecto por su compañera terrena. Y contra la ficción y el paso del tiempo no se puede pelear.

Así, en todos los casos, la obra gana. El triunfo de la musa del cuadro sobre la mujer real en el juicio de Paris es a costa de la locura de éste, quien otorga la manzana. Y es que Claude acaba perdiendo el juicio en su obsesión por lograr la representación definitiva de la belleza. Acabará consumando el repudio total por su esposa, y reafirmando su pasión insana por una mujer que no existe sino a partir de sus pinceles. De una pasión así sólo puede nacer la destrucción.

Pero la amante elegida, la obra creada, sobrevivirá al desgraciado artista, a ese Claude que es hijo de Zola, nieto de Goethe, Hoffmann, Balzac... y tataranieto de Pigmalión y Prometeo.

Aun así, quizá hasta la pervivencia del cuadro es inútil. Después de todo, la obra, testamento último del pintor infortunado, ¿es enorme borrón u obra maestra? Nadie puede decirnos si la caída del pintor en la locura sirvió para darle acceso a la Verdad del arte, o si su legado es la triste veleidad de un loco. He ahí el misterio.  

¿Saben lo más irónico de todo esto, volviendo al asunto inicial del proceso de creación como círculo vicioso? Ayer, cinco de febrero de 2013, escribí esta entrada. Sin embargo, estas líneas son producto de varias relecturas atentas y posteriores retoques. Nada más lejos de considerarme a mí misma artista, pero ya entienden por dónde voy. Me pregunto cuántas veces más las reescribiré.


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